
La noche es una acompañante traviesa. Es de igual manera capaz de ser nuestra mejor aliada, como de acecharnos en los momentos más inoportunos. Ella nunca nos preguntará si la estamos esperando… simplemente aparecerá a nuestro lado, de improviso, para pasar con nosotros largas horas brindándonos tranquilidad, o para agitar nuestra mente hasta la desesperación.
La oscuridad llega repentinamente, aportándonos algo de sosiego o despertando nuestros temores ocultos. En momentos así podríamos darlo todo por acabado, todo por perdido, y limitarnos a dejar que esa bruma invada nuestra mente y acabe con nuestras esperanzas. Pero si miramos hacia arriba podremos ver que la diosa Luna nos sonríe, que nunca nos abandonara por muy sombría que sea la situación, y nos animará a seguir adelante sin miedo a lo que pueda aguardarnos.
Tiempo de reflexión. El momento de enfrentarse con los fantasmas del pasado, de entablar conversación con ellos, de convencerles de que lo que has hecho es lo apropiado. Pero no siempre estarán de nuestra parte, muchas veces no atenderán a las razones que podamos darles… en ese caso normalmente optaríamos por huir y escondernos donde no puedan atormentarnos, o de caer rendidos ante ellos.
La soledad, tan repudiada como ansiada en muchos momentos, puede hacer acto de presencia en estas ocasiones. La soledad en si misma nunca es mala, aunque a veces pueda parecerlo así. Normalmente actuara de puente hacía nuevos territorios, nos guiará en los instantes en que más perdido nos podamos sentir, mostrándonos el camino correcto a seguir para el nuevo día que nos espera. Su compañía puede resultar incomoda, pero lo mejor es no despreciarla.
Cuando conseguimos que el cuerpo y la mente se concilien, aparecen los sueños. Siempre en el momento que menos los esperamos, siempre tan aleatorios, juegan con nuestro subconsciente a placer. Los pensamientos, las experiencias, un enorme castillo de naipes montado en nuestra cabeza con el paso de los años… los sueños pueden derruirlo y jugarnos las cartas que a ellos se les antojen. Amistades, amores, lugares, acciones, temores… todo está a su merced, listo para brindarnos nuevas aventuras a las que raramente conseguiremos encontrarles sentido alguno, pero que puede que signifiquen mucho más de lo que podamos imaginar.
Acaba la noche, recogemos todos nuestros pensamientos, y nos disponemos a continuar el camino y alcanzar el destino que nos aguarde… sea el que sea.
La oscuridad llega repentinamente, aportándonos algo de sosiego o despertando nuestros temores ocultos. En momentos así podríamos darlo todo por acabado, todo por perdido, y limitarnos a dejar que esa bruma invada nuestra mente y acabe con nuestras esperanzas. Pero si miramos hacia arriba podremos ver que la diosa Luna nos sonríe, que nunca nos abandonara por muy sombría que sea la situación, y nos animará a seguir adelante sin miedo a lo que pueda aguardarnos.
Tiempo de reflexión. El momento de enfrentarse con los fantasmas del pasado, de entablar conversación con ellos, de convencerles de que lo que has hecho es lo apropiado. Pero no siempre estarán de nuestra parte, muchas veces no atenderán a las razones que podamos darles… en ese caso normalmente optaríamos por huir y escondernos donde no puedan atormentarnos, o de caer rendidos ante ellos.
La soledad, tan repudiada como ansiada en muchos momentos, puede hacer acto de presencia en estas ocasiones. La soledad en si misma nunca es mala, aunque a veces pueda parecerlo así. Normalmente actuara de puente hacía nuevos territorios, nos guiará en los instantes en que más perdido nos podamos sentir, mostrándonos el camino correcto a seguir para el nuevo día que nos espera. Su compañía puede resultar incomoda, pero lo mejor es no despreciarla.
Cuando conseguimos que el cuerpo y la mente se concilien, aparecen los sueños. Siempre en el momento que menos los esperamos, siempre tan aleatorios, juegan con nuestro subconsciente a placer. Los pensamientos, las experiencias, un enorme castillo de naipes montado en nuestra cabeza con el paso de los años… los sueños pueden derruirlo y jugarnos las cartas que a ellos se les antojen. Amistades, amores, lugares, acciones, temores… todo está a su merced, listo para brindarnos nuevas aventuras a las que raramente conseguiremos encontrarles sentido alguno, pero que puede que signifiquen mucho más de lo que podamos imaginar.
Acaba la noche, recogemos todos nuestros pensamientos, y nos disponemos a continuar el camino y alcanzar el destino que nos aguarde… sea el que sea.


